El concepto de seguridad

Por Juan Félix Marteau *

La noción de seguridad se ha banalizado en una opinión de opiniones y comentarios pronunciados, en general, fuera de un marco conceptual capaz de otorgarle una inteligibilidad correcta en lo que tiene un sentido y alcance. Ello conduce a pensamientos distorsionados y acciones erráticas cuando se trata de tratar los temas que se vinculan con este ámbito de realidad problemático, especialmente, cuando se intenta poner en escena estrategias públicas contra las causas de la inseguridad. Ello justifica de algún
modo recordar qué significa este término, por lo menos en las dos esferas donde tiene un carácter definido y -como intentaremos señalar aquí- complementario: la política y la ética.

En la dimensión de lo político, la noción de seguridad se vincula a la capacidad que posee una organización social para enfrentar y, en ciertos casos, conjurar eficazmente las amenazas que deben enfrentar los individuos en el conjunto diverso de las relaciones sociales. Desde este punto de vista, puede indicar que un entorno social es seguro cuando ofrece sus miembros herramientas convenientes y bases sólidas para orientar sus conductas hacia los objetivos que consideran valiosos, aun cuando su consecución implique un costo. Tanto la perdurabilidad de los estilos de vida como la movilidad y el cambio hacia nuevos hábitos sociales, pueden ser seguros cuando se orienta sobre un umbral aceptable de previsibilidad.

A lo largo de la historia, la seguridad ha estado en el centro de la cuestión política. Pero es en la edad moderna, cuando queda evidenciado de manera categórica hasta qué punto la seguridad es el presupuesto fundamental de la existencia del Estado. Como puede leerse en Leviatán de Hobbes, el ejercicio monopólico de la violencia que caracteriza de modo esencial al dispositivo estatal legítimo en su pretensión de cancelar con éxito la violencia privada y, con ello, sentar los fundamentos para que los individuos puedan tomar decisiones vitales y sociales consistentes.

La realidad histórica ha dado muestras de que el estado de seguridad es el producto del conflicto y la lucha: es el resultado del posicionamiento, incluso dramático, de los hombres en las relaciones de mando y obediencia; un verdadero mecanismo de consolidación de la autoridad soberana, pero al mismo tiempo un dispositivo de construcción de ciudadanía.

Sin embargo, la discusión ideológica que ha prosperado en las últimas décadas ha contribuido en buena medida a enmarañar estas circunstancias prácticas, presentando a la seguridad pública como un estadio al que está arriba por una especie de evolución natural y necesaria del desarrollo social.

Al compás del desmadramiento sostenido del problema de la seguridad en las sociedades contemporáneas, las utopías neoliberales y neoprogresistas han sido inventivas en la idealización del mismo, imaginando un futuro de progreso en los hombres que están seguros de vivir.

Por un lado, el neoliberalismo ha insistido en su fe en el mercado: el Estado debe proceder a desregular la acción de las fuerzas económicas, privatizar los controles sociales y neutralizar a los delincuentes. Con la prosperidad y el fin de los conflictos más graves, la inseguridad puede reducirse a una especie de miedo individual (al delito o al desorden), siendo tratable por las nuevas psicologías sistémicas. Las políticas de seguridad se detectarán entonces en pura prevención situacional orientada a una intervención focalizada en la superficie de los síntomas de los desequilibrios sociales.

Por otro, el neoprogresismo ha demostrado su fe en la comunidad de iguales: la intervención estatal debe orientar a paliar las diferencias de clases, asistir a los márgenes y resocializar a los transgresores de las normas. El progreso social conduce a un mejor equilibrio para dirimir los conflictos y esto lleva a la abolición de los castigos, ya que las peñas son consideradas promotoras de la desigualdad. Las políticas de seguridad ciudadana devienen sistemas reducidos y alternativos de resolución de litigios que permiten una mejor administración de las percepciones y sentimientos de víctimas y víctimas.

En cualquier caso, las visiones neoliberales y neoprogresistas se hermanan en su crítica reactiva contra el Estado, fomentando la erosión de su legitimidad para generar entornos sociales seguros: por distintas vías logran el cumplimiento de la ley formal se transforme en un instrumento ineficaz para proponer modelos de guiar la acción práctica de los individuos.

Después de tanta polémica, resulta evidente que la dimensión política de la seguridad no se explica apelando a economicismos o sociologismos reduccionistas. En todo caso, aun cuando la cuestión económica o la cuestión social pueden identificar algunas de las causas de la inseguridad, no se explica su raíz más profunda.

Es por ello que, cuando el tropo utópico de estas ideologías se diluye en sus propias inconsistencias, la dimensión política comienza a construir una amalgama cada vez más fuerte con la dimensión ética de la seguridad. Desde el punto de vista ético, aquella no significa mitigación objetiva de los peligros afectados, sino más bien una disposición subjetiva a no verme sobrepasado e inmovilizado por los machos que me acechan. El concepto latino securitas explica que un hombre seguro es aquel que posee tranquilidad de espíritu, que tiene aptitud para estar a la altura de las circunstancias que le permite vivir, ciertas del tenor de las amenazas vigentes. Un hombre seguro no es aquel que elimina los riesgos, sino aquel que justamente se arriesga porque tiene un objetivo vital que cumplir.

En este sentido, la seguridad es una condición de señorío individual: es una actitud de dominio al obrar que me permite enlazar mis convicciones y deseos a la actividad de la vida concreta. Es esa dignidad que evita la “servidumbre voluntaria”, al decir De la Boetie, que lleva a la entrega de la libertad al cambio de una supuesta contraprestación de protección y algún acto.

En la tradición occidental, Ulises, David y Jesús son los arquetipos del hombre seguro: en ellos, cuerpo y espíritu están específicamente forjados una ética, cuyo poder no deriva del dominio pleno de las cosas del mundo, sino de la inquebrantable creencia en la verdad que los orienta. Aunque a lo largo de estos años hemos visto el cirujano de morales mesiánicas de salvación, unas cuasi ideologías en las que la seguridad es presentada como un estadio de perfección y armonía por venir, es innegable que el reservorio más consistente y significativo para encontrar una respuesta vital cuando me siento inseguro, continúan siendo las éticas religiosas que parten de la imperfección del hombre para diseñar el camino hacia la paz y el sosiego individual, aquí y ahora.

En particular, en el pensamiento católico contemporáneo, la palabra aguda y clarividente de Benedicto XVI insiste con vehemencia en la necesidad de enfrentar la inseguridad de nuestro espacio globalizado a través de la construcción de un “código de ética común” que pone límites al desarraigo y descompromiso de los hombres. En la formidable encíclica caritas in veritate se puede ver que la caridad es el fundamento verdadero del nomo que puede conducir a niveles todavía aceptables de seguridad. “Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible lograr objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos […] no se asegura solo con el progreso técnico y con las relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (Rm. 12,

En conclusión, nuestra cultura nos ofrece una impresionante imagen barroca de la seguridad: sabemos que no podemos tener sociedad segura cuando los gobernantes vacunados de la misión primordial del Estado, convirtiéndose en instrumento de los intereses sectoriales más mezquinos. Más difícil es reconocer que no hay seguridad posible cuando hay zozobra ética en los hombres y mujeres; un lastimoso proceso de decadencia que nos impide asumir nuestros compromisos individuales y sociales. Allí el círculo vicioso queda consolidado: los habitantes se recluyen en el mundo de los negocios privados con la ilusión de vivir apolíticamente; esto conduce a gobiernos sin institucionalidad, dominados por la horda o el tirano. La inseguridad se vuelve infinita; las respuestas, insignificantes.

El vínculo de las esferas política y ética deja ver la exigencia por más seguridad está en el núcleo del gobierno de nuestras vidas. Su efecto práctico más importante es la falta de condición de naturaleza pre-ideológica, por tanto, una plataforma siempre apta para funcionar como un punto de encuentro realista de todos aquellos que conforman lo social, aún como adversarios. En suma, es el núcleo duro no mercantilizable, no intercambiable según las facciones, lo que permite rearmar una verdadera Política de Estado, fortalecer la ciudadanía e, incluso, dar lugar a acciones que puedan trascender los desafíos de la Ciudad Humana.